Desde
siempre me ha gustado cocinar;
y nunca he sido de seguir las recetas al pie de la letra. Vamos, no es malo
tener una base, pero me encanta desarrollar mi creatividad culinaria con los
ingredientes que tengo en casa. Además,
no me gusta ir mucho al supermercado así que prefiero hacer compras lo más
completas cada quincena y evitar ir cada semana. Por lo que si no tengo
determinado ingrediente en una receta, fácilmente busco en mi alacena con qué
puedo sustituirlo.
Hace
ya algunos meses conocí virtualmente a Ana y su blog Fácil de digerir. Ahí leí sobre una
iniciativa súper interesante que trata de hacer conciencia absoluta de nuestro cuerpo y la forma en
la que nos relacionamos con la comida. Obviamente me refiero al Lunes Sin Carne.
Todo inició en Estados Unidos como una campaña alimentaria durante la Primera
Guerra Mundial; en 2003 resurgió con mucha fuerza, hasta convertirse en un movimiento global.
De
inicio me pareció completamente absurdo e irracional dejar de comer cualquier
tipo de carne, aunque fuera un solo día. ¿Qué iba a comer entonces? Seguramente pura
lechuga, no? Ni loca me podría unir a semejante tontería; así que hasta ahí
quedo la cosa. 

